Cada mes de septiembre, pero en los últimos años ya a finales de agosto, el Síndrome Postvacacional coloniza con metódica y casi obsesiva puntualidad los periódicos y los medios audiovisuales, como reflejo, se supone, de la devastación a que somete a la población de currelas que acabadas sus vacaciones estivales han de reanudar su actividad laboral. No tiene sentido insistir en el cortejo de síntomas vagos como malestar psicofísico, agotamiento, galvana, desajuste horario, agujetas mentales y añoranza por la siesta, que caracteriza a este pseudocuadro. Lo notable es que una vez generalizado el concepto, el malestar real de algunas personas se trivializa a través de un ficticio contagio social hasta alcanzar una incidencia que sería catastrófica desde el punto de vista epidemiológico. Los porcentajes son escalofriantes: El 15% de los adultos y un 5-8% de los niños se ven afectados, pero otros, más pesimistas, ofrecen una tasa escalofriante: nada menos que siete de cada diez trabajadores sufren el tenaz síndrome. No desempeñar un trabajo convencional no es suficiente protección, ya que, como sagazmente se nos indica, los niños tienen también que concienciarse para volver al colegio, mientras que las amas de casa sufren una forma especialmente severa al enfrentarse de nuevo a la soledad del hogar. Un detalle interesante es que al carro del pseudocuadro se suben supuestos expertos que nos dan consejos para prevenirlo y afrontarlo. Volver un par de días antes a casa con el fin de habituarse a la dura vida normal puede ser una solución, cuyos efectos beneficiosos complementará el ciudadano avisado con una dieta rica en frutas y hortalizas.
Si la vuelta a la rutina laboral o escolar, algo totalmente normal (si vale el término) y a lo que los ciudadanos tuvieran que estar sobradamente acostumbrados, representa un problema psicológico, ¿qué terrible desasosiego no causarán los males sobrevenidos, aquello a lo que no estamos acostumbrados, aquello que pueda causarnos temor por la mera imprevisibilidad de sus resultados? ¿No podría tener esto también deletéreas consecuencias para nuestra salud mental?
Después de meses, tal vez años, viviendo de espaldas a ella, nuestra sociedad se ha dado de bruces con una crisis económica importante que está afectando gradualmente a amplios sectores de la población. Las consecuencias sanitarias se están empezando a notar. Puesto que los ciudadanos pueden gastar menos, no es raro que la facturación de las farmacias por venta libre cayera un 15% en los primeros nueve meses del año 2008. Pero también se nos describen efectos sobre la salud. Incidiendo en las repercusiones sobre la recientemente medicalizada disfunción eréctil, los urólogos informan de que la coyuntura económica desfavorable produce problemas de erección. Pero la influencia más destacada recae en el ámbito de la llamada Salud Mental. La OMS nos alerta de que la crisis incrementará las enfermedades mentales, mientras que expertos locales señalan que la crisis aumenta la inseguridad de las personas, y puede derivar en trastornos psicológicos, lo que sin duda se correlaciona con el incremento observado en las consultas con psicólogos. Nuestros dirigentes, velando siempre por el bienestar de sus administrados, han creado el Observatorio Español de Salud Mental, que según el Ministro del ramo, nace en un momento "especialmente necesario", porque "los desequilibrios en la vida cotidiana, los problemas económicos o la pérdida de empleo suelen ser origen de los problemas mentales".
Evidentemente, no es prudente ni decente bromear sobre las repercusiones que vayan a tener sobre las personas afectadas por la crisis. Pero, ¿qué sentido tiene que los medios de comunicación, los profesionales, o el propio ministerio infundan en la población un temor a sus consecuencias sanitarias y psicológicas? Lejos de ayudar a quienes resulten más golpeados, esta actitud puede inocular la creencia de que la crisis acarreará automáticamente, junto a la pérdida de empleo o el quebranto económico, un trastorno psicológico o psiquiátrico. Más que poner la venda, estas noticias dan a entender que aunque no se perciba uno sufre heridas.
El cometido de los poderes públicos no es contribuir a diseminar en la población la idea de que quienes soporten más directamente las consecuencias de la crisis podrán sufrir por ello una patología mental, en una nueva variante de la medicalización de la vida cotidiana, sino más bien fomentar y reforzar la resiliencia, esa supuesta capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de vivir acontecimientos desestabilizadores, de mantener condiciones de vida difíciles o de verse expuestos a graves sucesos traumáticos.
Sea como fuere, la crisis se masca, se vive y se sufre. Confiemos en que sea posible transitarla y remontarla sin graves daños para las personas, y que quien lleve estas cosas ilumine debidamente a nuestros gobernantes para capear el temporal. Por cierto, que la Dirección General de Tráfico ha achacado a la preocupación por la situación económica el incremento de los accidentes. Visto lo visto, tal vez la crisis pueda convertirse en un estupendo chivo expiatorio, en la culpable de todos los males, con la particularidad de que por ser global, la responsabilidad sobre sus efectos no recaerá en quienes nos administran. Evidentemente, una conclusión atropellada y malsana, a la que se llega por ponerse a pensar, esa ocupación tan poco recomendable. Merece la pena recordar que hace unos años, en un artículo con el franco título de “Si piensas no conduzcas”, la revista ya nos alertaba los deletéreos efectos de pensar al volante. Y es posible que también cuando no se conduce.